Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Pero allí sólo sabían el terrible secreto del rey, D'Artagnan y Fouquet; y si el primero no se sentía con va-
lor para compadecer, el segundo no tenía derecho a acusar.
El capitán, a quien entregaron las doscientas pistolas, iba a despedirse, cuando Fouquet se levantó, tomó
un vaso, hizo que dieran otro a D'Artagnan, y dijo:
--A la salud del rey, “suceda lo que suceda”.
--Y a la vuestra, monseñor, “sobrevenga lo que sobrevenga”, --contestó D'Artagnan bebiendo.
Después de estas palabras de mal agüero, el gascón saludó a todos, que se levantaron y oyeron el ruido de
las espuelas y de las botas de aquél hasta que llegó al pie de la escalera.
--Por un instante creí que venía por mí, y no por mi dinero, -- dijo Fouquet, esforzándose en reírse.
--¡Por vos! ¿Y por qué? --exclamaron los amigos del superintendente.
--No nos hagamos ilusiones, queridos hermanos míos en Epicuro, --dijo Fouquet; --no quiero hacer
comparaciones entre el más humilde pecador de la tierra y el Dios a quien adoramos; pero ese Dios dio un
día a sus amigos una comida que se llama la “Cena”, y que lo fue de despedida como la que estamos cele-
brando en estos momentos.
Todos lanzaron una voz de dolorosa negativa.
--Cerrad las puertas, --dijo Fouquet. Y cuando salieron todos los criados, añadió, bajando la voz: --
¿Qué fui y quién soy, amigos míos? Reflexionadlo y responded. Si un hombre como yo, desciende desde el
momento en que deja de elevarse. No tengo ya dinero ni crédito; sólo tengo enemigos poderosos y amigos
que nada pueden.
--Ya que os explicáis con tanta franqueza, --exclamó Pelissón levantándose, --también nosotros debe-
mos ser francos. Si estáis perdido, corréis a vuestra ruina y debéis deteneros. Ante todo, ¿qué dinero nos
queda?
--Setecientas mil libras, --respondió Fouquet.
--El pan, --murmuró su esposa.
--Haced que preparen relevos, y huid, --dijo Pelissón.
--¿A dónde?
--A Suiza, a Saboya, pero huid.
--Si monseñor huye, --dijo la Belliere, --dirán que es culpable y que ha tenido miedo.
--Más todavía, --repuso Fouquet, --dirán que me he llevado veinte millones.
--Escribiremos memorias para justificaros, --dijo La Fontaine; --huid.
--Me quedo, --replicó Fouquet; --además ¿no se me presenta todo bien?
--Poseéis Belle-Isle, --exclamó el cura Fouquet.
Y allá voy en línea recta al encaminarme a Nantes, --repuso el superintendente. --Así pues, tengamos
paciencia. --Pero antes de llegar a nantes, ¡cuánto camino! --objetó la esposa del ministro.
--Lo sé, --replicó Fouquet: --pero ¿qué hacer? El rey me llama a los estados, y aunque sé que es para
perderme, no puedo menos de partir, so pena de mostrarme receloso.
--Pues bien, --dijo Pelissón, --yo he hallado la manera de conciliarlo todo. Vais a partir para nantes, pe-
ro con algunos amigos y en vuestra carroza hasta Orleans, donde os embarcaréis en nuestro buque que os
conducirá hasta el fin del camino. Estad preparado para defenderos si os atacan, y para huir si os amenazan.
En una palabra, por lo que pueda suceder llevad todo el dinero que tengáis a mano; luego, y cuando queráis
os acercáis al mar y os embarcáis para Belle-Isle, y desde allí os dirigís adonde os plazca, semejante al
águila que sale y hiende el espacio cuando la desalojan de su nido.
Las palabras de Pelissón fueron acogidas con general aprobación.
--Sí, haced eso, --dijo la esposa de Fouquet a su marido.
--Hacedlo, --repitieron todos los amigos del superintendente.
--Lo haré, --contestó Fouquet.
--Esta tarde misma.
--Dentro de una hora.
--Inmediatamente.
--Las setecientas mil libras os servirán de base para labrar una nueva fortuna, --dijo el padre Fouquet; -
-porque ¿quién nos impedirá que en Belle-Isle armemos corsarios?
--Y si fuere menester, saldremos a descubrir un nuevo mundo, --añadió La fontaine, lleno de proyectos
y de entusiasmo.
Un golpe dado a la puerta interrumpió aquel concurso de alegría y de esperanzas.
--¡Un correo del rey! --anunció el maestro de ceremonias.
Al anuncio siguió un silencio más profundo, como si el mensaje de que era portador el correo hubiera si-
do una respuesta a todos los proyectos concebidos un instante hacía.
Todos esperaban a ver qué hacía Fouquet, cuya frente estaba cubierta de sudor, y que en realidad estaba
entonces bajo el dominio de su calentura.
Fouquet se fue a su gabinete para recibir el mensaje de Su Majestad.
Era tal el silencio, que desde el comedor se oyó la voz de Fouquet, que respondió:
--Está bien, caballero.
Aquella voz estaba alterada por la emoción.


 

 
 

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